El Precio del Deseo · 2ª Parte

Siempre y cuando se quieran apreciar todas las virtudes de un buen whisky, habrá que tener en cuenta un factor esencial. Uno, por supuesto, que va más allá de la calidad del mismo. Si este «licor espiritual» no se oxigena lo suficiente, es muy probable que ni los aromas ni los sabores se manifiesten en la forma adecuada. Asimismo, hay que controlar la temperatura de la bebida, evitando que esta se caliente al tenerla mucho tiempo en la mano. Para eludir estos problemas tan sólo debemos elegir el recipiente adecuado. Al final, es lo único que cuenta a la hora de servir y disfrutar de un whisky en condiciones: el vaso.

El Riedel Single Malt cumple todas las características para este tipo de ocasiones: su gruesa base y el vidrio especial con el que está fabricado impide que aumente la temperatura. Además, el ancho de la boca posibilita la entrada de suficiente aire, revelando de esta manera sus notas más fácilmente y haciendo que se concentre su cáliz. Ideal para descubrir cada pequeño matiz sorbo a sorbo.

En su interior, y con cierta gracia, dos hielos chocan entre sí y con los laterales del cristal. Un chorro de Booker’s Rye Limited Edition los agita, haciéndolos flotar hasta llegar a un cuarto de altura. Comstock Vanderbilt estaba listo, como cada noche, para su cita con la melancolía.

Con tan sólo veintinueve inviernos a sus espaldas alcanzó el éxito empresarial. Desde entonces, su fortuna ha aumentado exponencialmente un año tras otro. De hecho, creció a la misma velocidad en que lo hicieron sus posesiones, los nuevos núcleos de negocio y ciertos círculos sociales.

Nunca le faltaba un “amigo” con el que poder disfrutar de un buen trago sin más, o por el contrario, mantener una profunda conversación. Con los años se ampliaron el número de hombros sobre los que apoyarse. De igual manera, no eran pocas las mujeres, e incluso hombres, que estaban dispuestos a acompañarle en una agradable e íntima cena. Cenas que si por mera casualidad acabasen en cama no supondría dilema alguno para sus acompañantes.

Aparentemente no le faltaba nada. Así pues, ¿qué puede necesitar quien tiene el mundo en sus manos? Tal vez la certeza de que cada acto nacía de la sinceridad… y no del interés. Del «quién es» y no del «qué es». Mucho menos aún del «qué tiene».

Quizás era hora de llamar a Catherine… Al menos, ella siempre fue honesta.

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